
Mayo es el mes de las flores. El mismo mes, que, en el colegio, escribíamos poemas a La Virgen y le llevábamos ramos a la ermita. El mismo en el que empiezas a coger el calorcito del Sol y lo pegas a tu piel como un anticipo al verano; también el mismo en el que acortas las camisetas, te secas el pelo al aire libre y no calientas la leche del desayuno.
Pero hoy, a 15 de Mayo, estoy con el pijama de invierno y la bata, los calcetines y la calefacción encendida. Con 10 grados fuera, a las dos del mediodía. Nunca he querido que me influyeran los cambios de clima, adoro la lluvia, pero echo de menos levantar mi persiana y ver la luz del
Sol.


